sábado, 23 de mayo de 2009

El valle de los dinosaurios


“Mejor no vayan a la tarde. Han asaltado a dos comerciantes, los han asesinado y los han tirado al río. Por esas pistas de montaña las cosas están muy mal…”. El profesor Ulises Gamonal, arqueólogo vocacional, apasionado de una historia que cada vez se desvela más turbia, nos advertía preocupado en las dependencias de su pequeño museo en Jaén, población que en tiempos capitalizó la vasta e inexplorada región de la Amazonía peruana.
Eran ya varios días los que llevaba atravesando el país andino, asimilando los contrastes de una tierra que en apenas 200 kilómetros reúne áridos desiertos y selvas profundas, cruzando a su vez montañas que alcanzan los 6.500 metros –ya se sabe que el cuerpo viaja en avión, pero el alma tarda más porque lo hace por tierra, con el objetivo de sumergirnos en las entrañas de la jungla amazónica. A cuatro horas de la ciudad colonial de Chachapoyas, en el cerro del Yamón, los habitantes de las comunidades de la región habían testimoniado la existencia de unas pinturas rupestres ocultas por la vegetación, en un punto muy agreste de estas montañas impenetrables, picos sagrados donde desde épocas inmemoriales se iniciaban los chamanes, porque su misterio venía desde los tiempos de los dioses antiguos… Aquí las casas resisten los envites de los habituales movimientos sísmicos. Chachapoyas guarda el encanto de otros siglos. Su traza señorial invita a pensar que aquí, pese al aislamiento natural que da la selva, los constantes derrumbes, y los despiadados asaltantes, hubo dinero; mucho y bien administrado. Con el Sol despuntando montamos en la camioneta 4x4, siguiendo la ruta que transcurría junto al caudaloso río Utcubamba, un camino sin asfaltar sembrado de piedras. “Todavía puede empeorar”, afirmó Ulises, esbozando una sonrisa que se antojó advertencia. Y razón no le faltaba. Media hora después tomábamos un desvío, sumergiéndonos en este infierno verde, por una pista atiborrada de malas intenciones. Ahora, el río Marañón se desbordaba a la derecha, amenazando con engullirnos en la siguiente curva. Miramos al viejo profesor, y éste, asintiendo, dio a entender que todavía “quedaba lo mejor”. Atrás, en la caja del vehículo, dos de los expedicionarios aparecían y se volatilizaban a cada salto del mismo. Uno de ellos había pertenecido años atrás al MRTA –“Movimiento Revolucionario Tupac Amaru”–, grupo terrorista de extrema izquierda que en la década de los ochenta, junto a los despiadados miembros de Sendero Luminoso, aterrorizaron a la población del país andino, con la intención de instaurar en el poder un régimen dictatorial de inspiración maoísta. O al menos eso afirmaban. Ahora ejercía de asesor de imagen del presidente de la Región del Amazonas, el ingeniero Óscar Altamirano Quispe, con quien nos habíamos citado más tarde. Nunca está de más llevar a alguien que conoce bien los trazados de montaña, y a la variada rapiña que habita en ella. Con el último ademán del veterano arqueólogo en la memoria, comprobamos que los peores presagios se hacían presentes. Quirino Olivera, Administrador del Museo de las Tumbas Reales de Sipán, y aquella jornada uno más de la expedición comandada por el español Juan José Revenga, tomaba un camino que se abría a la izquierda. Comenzaba la ascensión…   

10.30 horas. A 1.022 metros de altitud 
Y por fin, después de un difícil trayecto, arribamos al Yamón. El carril se detenía en una pequeña población del mismo nombre; a partir de aquí, la jungla de altura. Tras cargar los equipos iniciamos la marcha con un nativo del lugar, que con destreza manejaba un gran machete, abriendo sendero entre la “trocha”. Conforme pasaban los minutos el camino se volvía más intransitable. A lo lejos, discurriendo por el valle que se abría tras un profundo abismo, el Marañón serpenteaba para acabar fusionándose con el otro gran río, el Ucayali –a partir de ambos nace el majestuoso Amazonas–. El calor se hacía insoportable. Cada veinte minutos hacíamos parada, dada la dureza que iba mostrando la orografía. Era entonces cuando los arqueólogos, sofocados, aprovechaban para hablar del lugar hacia el cual nos dirigíamos. “Los grandes desfiladeros de arte rupestre de Yamón se encuentran en el margen derecho de la quebrada de Palto. Son grandes abismos. Por motivos de tiempo y falta de equipo especializado, hasta ahora sólo hemos podido visitar algunos abrigos naturales”, aseguraba el profesor Gamonal. Y continuaba: “Esta zona es sagrada desde tiempos pretéritos. Como habéis podido comprobar, antes de acceder hemos tenido que pedir permiso a las autoridades de la comunidad porque aquí sólo ingresaban los chamanes para hacer efectiva su magia, y también aquéllos que iban a ser iniciados como nuevos hombres de poder”. Tras más de dos horas de durísimo recorrido llegamos a las primeras pinturas, situadas en un abrigo natural de la montaña; tan claras, tan perfectas, tan bien conservadas que era como si hubieran sido pintadas el día anterior. El doctor Olivera tomó la palabra: “Nos encontramos en un sitio único. Hasta hace poco tiempo este lugar era inaccesible; primero porque su aspecto mágico-religioso no podía ser profanado por nadie que no fuera el chamán. Y segundo, porque pocos kilómetros más allá la selva está completamente minada. Es el resultado de un conflicto estúpido que durante años mantuvieron, silenciado por los gobernantes, Perú con Ecuador. Sabemos que al margen de las pinturas hay enterramientos, y junto a éstos serpientes; muchas serpientes vivas o representadas, que en todas las tradiciones indígenas son las protectoras del oro”. Al contrario de lo que ansiaban los conquistadores españoles, no era el preciado metal el que nos había llevado hasta este recóndito extremo del planeta. Aquellas pinturas mostraban escenas de caza propias del arte rupestre, pero también símbolos desconocidos y personajes que se hacían extrañamente habituales en creaciones de otras partes del mundo que rondaban los 10.000 años de antigüedad –como las de Tassili, al sur de Argelia–. “¡¿Diez mil?! Y es posible que hasta 22.000”, aseguró el profesor Ulises, que haciendo gala de una prudencia exquisita, continuaba su exposición: “El hombre llegó a América en el Paleolítico Superior, y trajo consigo sus usos y costumbres, por lo que no es extraño que rápidamente empezara a plasmar lo que veía a través del arte rupestre, tal y como hiciera antes de arribar a esta parte del globo. Por ello vemos representaciones similares –cuando no iguales– en diferentes culturas milenarias, de pinturas datadas en el mismo tiempo, con las singularidades propias del medio al que el hombre se vio obligado a adaptarse”. Daba igual la datación, porque con ello no se podía explicar quiénes eran esos extraños seres con la cabeza redonda, de tamaño mayor al resto, como si quisieran con ello los autores representar a una suerte de semidioses. “Creemos que son los chamanes –aseguró el viejo profesor–. Pero por otro lado, pese a que nos hace falta investigar más, porque la ciencia de la prehistoria del hombre es muy compleja, no es raro que hubiera diferentes especies que finalmente se extinguiesen; ya se sabe que en la ley de la evolución el más fuerte gana. En Faical –otro yacimiento–, por ejemplo, hay representados hombres con cabeza ovalada, otros tipo ‘comba’, otros con cabeza alargada, otros más chatita… lo que a su vez sería el testimonio de las diferentes oleadas que fueron llegando a esta región, pinturas que con los años se fueron superponiendo unas a otras, en lo que sería la diferenciación de razas tempranas”. La conversación con Ulises Gamonal se hacía cada vez más interesante, pese a los diferentes puntos de vista. Allí, protegidos por esa misma roca en la que con tonos ocres y anaranjados gentes anónimas dejaron su impronta en épocas remotas, las dudas nos asaltaban. Las representaciones más grandes mostraban a su vez “curiosos” seres antropomorfos de gran tamaño, con una especie de rayos en la cabeza unos, otros cogiendo violentamente a otros más pequeños, que mostraban cabezas completamente planas; y otros, posiblemente los más llamativos, con una especie de escafandras en cuyo interior aparecía una suerte de filamento como el de nuestras modernas bombillas. No piense el lector que pretendo en modo alguno aludir a los más que manoseados –y siempre recurrentes– alienígenas. Pero lo que sí es evidente es que para los hombres que hicieron de estas rocas y de las pinturas que contenían su panel de veneración particular, esos seres eran lo más parecido a lo que hoy llamamos dioses. Y es que estas representaciones, con mayor o menor detalle, las fuimos encontrando en todo nuestro periplo por tierras andinas, ya fuera en forma de petroglifos en mitad del árido desierto, como los del complejo arqueológico de Toro Muerto, impresionantes –e inexplicables– como pocos, o en otro punto “caliente” de la geografía peruana como es la pampa de Palpa, injustamente desconocida por encontrarse junto a las universales líneas de Nazca.   

12.30 horas. La casa de los iniciados 
La vegetación, pese a los machetazos que ahora propinaba nuestro guía con más fuerza, hacía más dura nuestra ascensión. Y así se producían las primeras lesiones… El desánimo se apreciaba en el rostro de algunos miembros del equipo. Después de los miles de kilómetros recorridos, de haber llegado hasta aquí, varios compañeros se quedaban a las puertas de poder llegar a las pinturas más espectaculares, viéndose obligados a abandonar a estas alturas la complicada empresa. Conforme nos aproximábamos al último abrigo de este sector, las pinturas se tornaban oscuras, extrañas, envueltas por un halo de magia que casi se podía tocar. “Si observan las pictografías que estamos visitando –afirmaba el gran arqueólogo Quirino Olivera–, en todas las creaciones se encuentra un chamán. Bien sea escondido en la forma de perro, de cóndor o de sapo, pero está ahí. Hemos de apreciar que esta zona es rica en san pedro –cáctus que se destila para extraer su savia y así llevar a cabo el ritual chamánico–. Cuando se celebra una liturgia, el chamán busca mutar en esos animales que aparecen en su mesa de trabajo, en este caso sobre las paredes de los farallones, lo que nos da una idea de la antigüedad de estos ritos”. Allí estaban, también más grandes que el resto, representados con más detalle, buscando esa mutación difícil de entender si no se está pisando a la vera de estos paredones. Tiempo atrás, en otra expedición tuve la oportunidad de asistir a un ritual de san Pedro en la mítica localidad de Chavín de Huántar, donde se sitúa uno de los templos más especiales de toda Sudamérica, en cuyas pétreas paredes aparecen representados los antiguos sacerdotes practicando dicha ceremonia. Allí, tras atravesar unos Andes que nos precipitaban a más de 4.500 metros de altitud, el chamán, en un entorno único e irrepetible se transformaba en cóndor, en puma o en reptil a través de los tocados centenarios que heredara de su padre, y éste a la vez de sus antepasados, mientras los cánticos de invocación quedaban encerrados en la estancia y el néctar del cactus rebosaba en el recipiente de arcilla. Nuestra participación no fue pasiva, y a las pocas horas nos encontrábamos recorriendo el templo, atisbando sus grabados con un colorido inusual, apreciando su tridimensionalidad, escuchando cómo aquellas piedras plenas de historia nos desvelaban parte de sus secretos… Y éste, el san Pedro, era pieza fundamental en los ritos que desde tiempos inmemoriales se realizaban en estas mismas oquedades en las que nos encontrábamos. Lugares en los que, según el propio Ulises, “todavía hoy día se concentra mucha energía cósmica, que es por lo que fueron escogidos, y también mucha energía de la madre naturaleza, lo que permite al hombre concentrar sus fuerzas, para dirigirlas, plasmarlas en las pictografías, por lo general situadas en lugares de culto y adoración. No en vano no es algo antiguo; es que incluso ahora, en pleno siglo XXI, los chamanes acuden a éstos para hacer su rito rodeados por el arte rupestre que crearan sus ancestros. Allí piden permiso, hacen el pago –la ofrenda– a la huaca –el cerro–, y por eso es fácil dar con restos de dichos trabajos. Sin embargo, volviendo a nuestro pasado, en uno de los sectores más complicados se han hallado representaciones de un gran hombre, de un amauta al que se conoce como ‘el brujo de la montaña’. Es tan complicado que para verlo hay que descender con sogas. Se trata de un hombre que tuvo la capacidad de superar a todos los maestros chamanes, lo que da una idea de la importancia del lugar en el que se halla representado”. Cuando el Sol abrasaba desde lo alto, logramos llegar a la zona más remota de la montaña. Prácticamente nos situábamos a pocos metros de la cumbre, rodeados de una espesura que no permitía apreciar el camino de regreso, porque éste tampoco existía, y con los mosquitos atiborrándose a nuestra costa. El esfuerzo había sido titánico, pero por fin habíamos alcanzado la primera de las metas: llegar allí donde aparecía representado un supuesto dinosaurio que permanecía oculto en este mundo perdido…  Esta región, además, es conocida como el “Valle de los Dinosaurios”, dada la tremenda concentración de restos de megafauna que se han descubierto en sus pongos –cerros–, tales como rótulas, fémures o cráneos que actualmente se hallan en el Museo Antropológico de Lima. Este extremo es de por sí una incógnita más, ya que la historiografía oficial sitúa a los grandes saurios en determinadas partes del territorio estadounidense y en Argentina; en ningún otro lugar de Centro o Sudamérica. 
Al margen de esta puntualización, ello no explicaría la imagen que aparecía ante nuestros ojos, una pintura de tonos anaranjados que, al igual que el resto, podrían tener –según el equipo de veinte personas enviado a la zona tiempo atrás por la Universidad de San Marcos– más de 20.000 años de antigüedad, en lo que según el arqueólogo colombiano Enrique Bautista Quijano, serían los murales rupestres más grandes y antiguos de América, casi contemporáneos al momento en el que el primer hombre atravesó el Estrecho de Bering e inició la lenta pero imparable colonización del Nuevo Mundo. No había duda de que si los autores de la misma no quisieron dibujar un dinosaurio, la cuestión les salió mal, porque allí, a apenas metro y medio del suelo, en mitad de la techumbre rocosa, aparecía una especie de plesiosaurio rodeado por cazadores de menor tamaño, que acosaban al animal prestos a acabar con su vida. El arte rupestre es así; esquemático, inocente, pero absolutamente veraz con lo que se representaba, pues no en vano en un lugar mágico se pretendía que dicha escena fuese el reflejo de algo que iba a suceder, para que, en este caso la caza, fuera venturosa. Salvo los nativos del lugar, que conocían sobradamente los misterios que se ocultaban en los abrigos rocosos de esta tierra, daba la sensación de que el grupo de arqueólogos que nos acompañaba estaba descubriendo junto a nosotros unas creaciones que de representar lo que a todas luces parece que representan rompen de un plumazo todas las tesis que avalan la extinción de estos magníficos animales. El profesor Ulises Gamonal, fiel a la serenidad y cordura de la que había hecho gala durante el viaje, se apresuró a aportar una posible explicación: “Yo como arqueólogo, y a título personal, dados los vestigios hallados, pienso que en América, más aún en esta zona, vivió una paleofauna cuando el hombre, en épocas tempranas, apareció en el panorama histórico desarrollando labores de caza y recolección, y esa figura que se aprecia no sería un dinosaurio en el sentido estricto, porque con ello se contradeciría a toda la ciencia mundial, pero si es posible que se tratara de un animal superviviente a la extinción. Cabe recordar que hasta tiempos que en la historia se aprecian como recientes, aquí vivió el tigre dientes de sable, el mastodonte, y otros animales gigantes como la paleollama, que era un camélido de gran tamaño. Toda esta riqueza daría pie a que pudiésemos interpretar muchos de los animales representados en el arte rupestre. En suma, podría ser una variedad evolucionada de mamíferos que sobrevivieron a la era Terciaria o al Cuaternario Temprano, por las condiciones especiales que se dan en esta región del planeta. No olvidemos que es una auténtica novedad que aquí se hallen restos de dinosaurios, y que puedan haber sido representados sus, por llamarlos de alguna forma, descendientes”.
Sea como fuere la sorpresa apretaba con fuerza el corazón. A los que disfrutamos conjeturando con la historia, en esos instantes regresaba a la mente Javier Cabrera Darquea, el doctor de Ica, el dueño de las célebres piedras que la mayoría de investigadores daban por fraudulentas. Quién sabe si la teoría que acababa de esbozar el profesor Ulises se podría aplicar a algunas de las piedras del doctor Cabrera; quién sabe si éstas, aunque sólo fueran cien de las más de diez mil que custodiaba con celo en su museo, aunque sólo fuera una de ellas, nos estuviese hablando de ese tiempo remoto en el que los hombres convivieron con los dinosaurios, o con los descendientes de éstos. Los hombres de la prehistoria así lo creyeron, así lo vieron, y así lo representaron en la cuenca del Chinchipe hace más de quince milenios. Y es posible que haya llegado el momento de reconocer que la historia, nuestra historia, está escrita, pero con los mismos toscos trazos que se utilizaron para hacer del arte rupestre un libro que habla de un pasado desconocido y fascinante… Un pasado que salido de la escasa creatividad del hombre primitivo dejó constancia de pasajes insólitos en estas pinturas, y en otras superficies que, pese a estar ahí, pese a haber sido datadas, muestran escenas tan imposibles como las de Yamón…

© Lorenzo Fernández Bueno